Desde hace años venimos defendiendo una idea integral del territorio de Doñana. Espacio natural y hábitat humano forman un todo indisociable en el que estos dos ámbitos se han interrelacionado a lo largo del tiempo. A la actividad humana en Doñana la denominamos habitualmente “usos tradicionales”, de los que forman parte los arriba citados y otros como la apicultura, la recogida de la piña, la ganadería, etc.

Doñana, dicho de otra forma, es un ámbito cultural, etnográfico, con unas características comunes, independientemente de la porción de territorio que consideremos desde el punto de vista de su división administrativa. La etnografía, que yo sepa, alude a un determinado ámbito cultural, no administrativo. ¿Existe una especificidad de los carboneros, choceros o artesanos de la enea sevillanos frente a los onubenses o gaditanos que justifique la denominación de “Doñana sevillana”?. Sinceramente, no lo creo.
Habría que buscar entonces la razón en otra parte. Y es cuando nos percatamos de que la iniciativa de la mencionada publicación ha partido, como decía, de un ente administrativo del aljarafe sevillano, como también se ha iniciado recientemente el programa de visitas a la “Doñana sevillana”, que ha impulsado la Diputación de Sevilla, con la inestimable colaboración de la Fundación Doñana 21.
¿No es paradójico que un territorio que tiene en su haber títulos internacionales como el de Patrimonio de la Humanidad o Reserva de la Biosfera se vea afectado por este provincianismo de estrechas miras que en nada le favorece?
Naturalmente, para las provincias con territorio en Doñana este espacio es un valor añadido muy importante y, por tanto, están plenamente justificadas este tipo de iniciativas. Sin embargo, precisamente en virtud de la gran cámara de resonancia que es Doñana, es fundamental no trasladar una imagen de varias Doñana, sencillamente porque no se corresponde con la realidad de este territorio. Si se me permite la auto referencia, cuando desde Almonte planteamos hace 15 años el programa de visitas al Parque Nacional para los vecinos de nuestra localidad ( en un momento socialmente complejo ) no lo denominamos “Almonte conoce la Doñana onubense”, sino “Almonte conoce Doñana” a secas, a pesar de que los recorridos se desarrollan por territorio exclusivamente onubense.
El lenguaje no es una cuestión anecdótica y, desde luego, nada como él para denotar una actitud. Las instituciones públicas deberíamos ser especialmente exigentes en esta cuestión y mirar más allá de nuestro ámbito de competencias en un tema como el que nos ocupa, sobre todo cuando es producto de la inercia de otras actitudes que podrían ser consideradas patrimonialistas, anacrónicas en un mundo tan interdependiente como el actual.
Doñana tiene el suficiente prestigio, la suficiente riqueza cultural como para “abastecernos” a todos. Pero, por favor, no la desmembremos por una visión parcial y miope de su realidad.




Es lo que hemos intentado hacer en Almonte en los últimos 15 años. Modestamente, más allá de los pronunciamientos globales, nos hemos sentido aludidos directamente y hemos procurado actuar en consecuencia, desde la convicción de que el desarrollo sostenible responde a las exigencias de nuestro tiempo y que no basta la acción de los poderes públicos. El desarrollo sostenible es, ante todo, a nuestro juicio, un movimiento cívico, que, en efecto, apela al ciudadano, que reclama la solidaridad de todos con nuestro planeta.

